Ella fue quien rompió el beso.
Lo hizo de forma brusca, casi violenta, como si el contacto le hubiera quemado los labios, como si ese instante hubiera removido algo que llevaba demasiado tiempo sepultado bajo capas de negación y miedo.
Se apartó apenas unos centímetros, pero la cercanía seguía siendo asfixiante.
Sus rostros quedaron frente a frente, tan cerca que podía sentir su respiración chocando con la suya, pesada, irregular, cargada de alcohol, de recuerdos compartidos y de una tristeza que no sabía cómo marcharse.
El aire entre ambos estaba denso, lleno de palabras no dichas.
—Te llevaré a casa —dijo ella al fin.
Su voz sonó firme, controlada, pero por dentro todo le temblaba. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, como si quisiera escapar.
Lo miró a los ojos y vio en ellos ese brillo peligroso, esa fragilidad que solo aparecía cuando estaba ebrio… o cuando estaba roto.
—Estás ebrio.
Zacarías negó de inmediato, casi con desesperación. Dio un paso atrás, torpe, como si la