Zacarías la miró con detenimiento, como si intentara atravesar cada una de sus defensas.
—¿Por qué no? —preguntó al fin, con una calma que no engañaba—. ¿Acaso tienes alguna razón por la que no deba casarme?
Las palabras cayeron como un golpe seco.
Camely sostuvo su mirada, pero por dentro se estaba desmoronando.
Quería hablar. Necesitaba hacerlo. Sentía la urgencia de gritarle la verdad, de arrancarse el peso que llevaba en el pecho desde hacía tanto tiempo.
Las palabras se agolpaban en su garganta, chocaban unas con otras, pero ninguna lograba salir.
—Camely no querría esto —dijo al fin, con voz tensa, apenas audible.
Zacarías dio un paso hacia ella. Solo uno, pero fue suficiente para reducir el espacio entre ambos hasta el límite de lo soportable.
Camely pudo sentir su respiración, la presencia firme de su cuerpo, la intensidad que siempre la había desarmado.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó él en voz baja.
La mirada de Zacarías era penetrante, profunda, casi peligrosa. No era una