Camely volvió a casa con una sola idea latiéndole en la cabeza: encontrarlo. Necesitaba verlo, hablarle, mirarlo a los ojos y, de una vez por todas, decirle la verdad completa.
Ya no podía seguir cargando con secretos que la estaban asfixiando por dentro. Cada paso que daba hacia la puerta era una promesa silenciosa de honestidad, una súplica al destino para que aún no fuera demasiado tarde.
Pero apenas cruzó el umbral, supo que algo estaba mal.
Zacarías no estaba.
El silencio la golpeó con una