Camely volvió a casa con una sola idea latiéndole en la cabeza: encontrarlo. Necesitaba verlo, hablarle, mirarlo a los ojos y, de una vez por todas, decirle la verdad completa.
Ya no podía seguir cargando con secretos que la estaban asfixiando por dentro. Cada paso que daba hacia la puerta era una promesa silenciosa de honestidad, una súplica al destino para que aún no fuera demasiado tarde.
Pero apenas cruzó el umbral, supo que algo estaba mal.
Zacarías no estaba.
El silencio la golpeó con una violencia inesperada.
No escuchó su voz, ni sus pasos firmes, Lo buscó con las empleadas, pero él no estaba ahí. Nada. La casa parecía más grande, más fría, como si hubiera perdido su alma en cuestión de segundos.
—Zacarías… —susurró, aunque ya intuía la respuesta.
Subió las escaleras con el corazón acelerado, abrió puertas, recorrió habitaciones, negándose a aceptar la realidad. El despacho estaba vacío.
El dormitorio intacto. La biblioteca sumida en una quietud incómoda. Nada. Absolutamente na