Lejos de ahí, Zacarías Andrade estaba al borde de la desesperación. La madrugada había caído como un manto pesado sobre la ciudad, y él recorría su mansión de un extremo a otro, con pasos inquietos, sin rumbo fijo, gritando el nombre de Camely al vacío. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera arrancarse del pecho, y cada segundo que pasaba sin noticias de ella le resultaba insoportable.
—¡¿Cómo es que no la encontraron?! —vociferó, maldiciendo entre dientes, golpeando la pared con el puño.