—¿Camely?
La voz, suave, pero temblorosa, se filtró entre la oscuridad en la que estaba atrapada. Camely abrió los ojos con dificultad, como si sus párpados fueran de piedra. La luz blanca del cuarto la cegó por un momento, y cuando su visión finalmente se aclaró, distinguió la silueta de una mujer vestida de monja inclinada sobre ella.
El desconcierto le atravesó el pecho como un puñal.
—¿Qué… qué me pasó? —murmuró, con la garganta áspera y la voz rota.
La mujer sostuvo su mano con un gesto firme y cálido.
—Tranquila, por favor, vas a estar bien. Estás a salvo ahora —le aseguró mientras su rostro, marcado por el cansancio, dejaba ver una profunda preocupación.
Camely pestañeó varias veces, intentando ordenar los pensamientos dispersos en su mente. Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera sido arrojada desde un abismo.
Pronto notó las máquinas alrededor, el olor a desinfectante, el frío de las sábanas. Estaba en un hospital.
—¿Dónde… estoy? ¿Qué me pasó? —repitió, con un temblor que no