—¿Qué quieres hacer, Camely? —preguntó Orson con la voz contenida, pero cargada de una furia peligrosa—. Podría destruirlos en un segundo. No quedaría nada de ellos.
Camely alzó la mirada. Sus ojos estaban enrojecidos, llenos de lágrimas que no terminaban de caer, como si el dolor se hubiera vuelto tan grande que incluso llorar doliera demasiado. Su mano temblaba levemente sobre el vientre, en un gesto instintivo, protector.
—No… —susurró, negando con la cabeza—. No quiero que lo hagas. No aún.