—¿Qué quieres hacer, Camely? —preguntó Orson con la voz contenida, pero cargada de una furia peligrosa—. Podría destruirlos en un segundo. No quedaría nada de ellos.
Camely alzó la mirada. Sus ojos estaban enrojecidos, llenos de lágrimas que no terminaban de caer, como si el dolor se hubiera vuelto tan grande que incluso llorar doliera demasiado. Su mano temblaba levemente sobre el vientre, en un gesto instintivo, protector.
—No… —susurró, negando con la cabeza—. No quiero que lo hagas. No aún.
Orson frunció el ceño, sorprendido por la firmeza que había detrás de esa voz quebrada.
—Quiero destruirlos yo misma —continuó Camely, tragando saliva—. Quiero verlos caer sabiendo que no pudieron conmigo. Quiero que les impidas tocar mi dinero, que no se queden con nada… pero ahora —su voz se suavizó, cargada de una emoción nueva y poderosa— ahora quiero vivir. Quiero tener a mi hijo. Y no voy a permitir que nadie me lo quite. Nunca.
Orson sintió un nudo en la garganta. Esa no era la Camely frá