Gala temblaba afuera, sola, con el cuerpo encogido por el miedo y la mente hecha un torbellino. Sus manos sudaban, frías, incapaces de detener ese temblor que nacía en el pecho y se extendía hasta los huesos.
Caminaba de un lado a otro como un animal acorralado, respirando de forma errática, como si el aire no fuera suficiente.
—¡¿Cómo lo sabe?! —susurró primero, pero su voz terminó quebrándose—. ¡¿Cómo, maldita sea, lo sabe?!
Se llevó ambas manos al rostro, presionándose las sienes con desesper