Gala temblaba afuera, sola, con el cuerpo encogido por el miedo y la mente hecha un torbellino. Sus manos sudaban, frías, incapaces de detener ese temblor que nacía en el pecho y se extendía hasta los huesos.
Caminaba de un lado a otro como un animal acorralado, respirando de forma errática, como si el aire no fuera suficiente.
—¡¿Cómo lo sabe?! —susurró primero, pero su voz terminó quebrándose—. ¡¿Cómo, maldita sea, lo sabe?!
Se llevó ambas manos al rostro, presionándose las sienes con desesperación. Todo estaba saliendo mal. Demasiado rápido. Demasiado fuera de control.
—No puede decir nada… no puede —murmuró, negando con la cabeza—. Tengo que acabar con ella.
La idea la atravesó como un relámpago, cruel, definitiva. No había vuelta atrás.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro sin que pudiera detenerlas. No eran lágrimas de arrepentimiento, sino de terror. Terror por ser descubierta. Terror por perderlo todo. Terror a que el castillo de mentiras que había construido con tant