La cena había terminado en un ambiente sorprendentemente cálido. Celia había mostrado una paciencia infinita ante cada torpeza de Austin: el derrame del agua, el atragantamiento con los camarones y las respuestas peculiares. Sin embargo, lejos de incomodarla, parecía divertirla. Había en sus ojos una chispa que Austin reconocía: la de alguien que sabía ver más allá de la fachada dura y encontrar la esencia de la persona.
El abuelo Langley bebió el último sorbo de vino con un gesto ceremonioso,