El restaurante del Hotel Riviera estaba en su punto álgido. El murmullo de conversaciones se mezclaba con el tintinear de cubiertos sobre porcelana fina, mientras los camareros se movían con pasos ligeros entre las mesas. Los manteles blancos estaban impecables, y el aroma a pan recién horneado flotaba en el aire.
Austin estaba sentado frente a Celia. Ella mantenía una postura impecable, con las manos cruzadas sobre la mesa, observando el menú con calma. Él, en cambio, no podía dejar de ajustar