Julie quedó tendida en el piso. El aire escapaba de sus pulmones en jadeos entrecortados, y cada respiración le recordaba la magnitud del castigo que había recibido. Sus huesos parecían estar rotos, la cadera le dolía a mares y tenía chichones en la cabeza que palpitaban como tambores sordos. La oscuridad reinaba en la habitación, y solo una rendija de luz mínima se colaba desde alguna parte alta, confirmándole que ya era de noche.
Con un esfuerzo casi sobrehumano, se incorporó. Apoyó primero u