El despacho estaba en penumbras. Ryan Campbell no había encendido más que la lámpara del escritorio, y la luz amarillenta proyectaba sombras duras sobre las carpetas desordenadas. Sus manos reposaban sobre el cristal de la mesa, tensas, con los nudillos blancos de tanta presión. La puerta se abrió, y el detective privado que había mandado llamar entró con paso firme. Vestía un traje gris algo gastado, el maletín de cuero en la mano y una expresión que mezclaba seriedad con discreción.
—Señor Ca