Julie estaba sentada en un rincón, con las rodillas pegadas al pecho cuando Bastian volvió. Venía con una taza en la mano, el vapor denso escapando de ella como un presagio. El olor amargo del té llenó la habitación, mezclándose con el hedor del encierro.
—Tómalo —ordenó, tendiéndole la taza con una sonrisa torcida.
Julie lo miró con los ojos enrojecidos, el corazón golpeándole las costillas. Sabía que esa bebida no traía nada bueno. Movió la cabeza en un gesto de negación, abrazándose con más