El guardaespaldas revisó cada rincón de la farmacia con los nervios crispados. Había pasado demasiado tiempo desde que Julie le dijo que solo entraría por unas medicinas. Caminó entre los pasillos, apartando con brusquedad a las pocas personas que seguían comprando, buscando esos cabellos rubios y ese rostro que debía estar siempre bajo su protección.
—¿La vio salir? —preguntó a la cajera con voz dura.
—¿Habla de una mujer bajita, rubia, ojos azules? —respondió ella, recordando.
—Sí, esa misma.