El sol del mediodía caía a plomo sobre la clínica privada de Maldivas cuando el taxi se detuvo frente a la entrada principal. Alisson bajó primero, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos por el llanto contenido durante las diecisiete horas de vuelo desde Nueva York. Christopher la siguió, cargando ambas maletas. El aire caliente los golpeó como una bofetada. Frente a ellos, la clínica bullía de actividad: policías maldivos con chalecos antibalas bloqueaban el acceso, radios crepitando en i