La noche había caído sobre la ciudad con su manto habitual de silencio y luces lejanas. Ana —Natalia— estaba recostada en su cama, mirando el techo sin realmente verlo. Las horas desde la visita al búnker habían pasado en una nebulosa de emociones encontradas: el miedo, la adrenalina, la extraña satisfacción de haber superado la prueba de Nariño, y esa punzada constante en el pecho cada vez que recordaba la mirada de Gabo al despedirse.
"No confíes en nadie. Ni siquiera en mí."
Las palabras res