Esa noche, Dante observaba cómo Valeria se movía por la sala, encendiendo algunas luces, acomodando los cojines del sofá. Era tan hogareña, tan cálida, tan distinta a la tormenta que era Natalia.
—¿Quieres que ponga música? —preguntó ella, y cuando él no respondió, se volvió para mirarlo.
Dante sonrió, y se acercó a ella con pasos lentos.
—Lo único que quiero —dijo, rodeándola con los brazos por detrás mientras ella estaba de espaldas a él— es estar aquí. Contigo.
Valeria suspiró, recostándose