Gabo cerró la puerta tras de sí y se acercó a ella con pasos lentos, como quien se acerca a un animal herido. Cuando estuvo frente a ella, no dudó. La envolvió en un abrazo tan fuerte que parecía querer sostenerla para que no se rompiera en mil pedazos. Una de sus manos sostuvo su nuca, la otra apretó su espalda contra él, y se quedó así, inmóvil, dejando que ella llorara contra su pecho.
—Ya pasó —susurró, aunque no sabía qué había pasado—. Ya pasó. Estoy aquí.
Natalia se aferró a él como un n