El silencio que siguió a la mirada de Gabo era denso, cargado de todo lo no dicho. Natalia sentía el corazón galopando, el calor de sus labios aún fresco en la frente, la necesidad de romper ese silencio antes de que la consumiera.
—¿Por qué haces esto por mí? —preguntó, su voz apenas un susurro—. No tienes por qué. No me debes nada.
Gabo la miró largamente, como si buscara las palabras exactas en un diccionario que nunca había usado.
—Porque me nace —respondió simplemente, con esa honestidad b