La guarida de Nariño olía a ansiedad y puro habano caro. El capo, normalmente un bloque de hielo calculador, caminaba de un lado a otro de la lujosa oficina, la ceniza de su cigarro cayendo sobre la costosa alfombra persa sin que le importara. Un temblor fino, casi imperceptible, recorría sus manos.
— Tengo un mal presentimiento, Gabo —confesó, su voz un susurro ronco que sonaba extraño saliendo de su boca—. Un frio aquí —se golpeó el pecho con el puño—. Cancelemos el cargamento.
Gabo, de pie f