La mañana del domingo era una fiesta contenida frente al centro comunitario. El viejo bus escolar, ahora transformado en una nave de sueños con sus franjas rojas y negras pintadas a mano, resoplaba como un dragón domado. Dentro, la energía era un voltaje puro: risas que estallaban por nervios, el thump-thump del parlante portátil, el brillo de las lentejuelas bajo la luz que entraba por las ventanas sucias. Lena repasaba una coreografía en el pasillo, Mateo, con los auriculares puestos, observa