Leonardo sintió un golpe interno, como si algo se resquebrajara bajo la piel. El corazón se le endureció, la sangre le ardió.
Era un dolor feroz, primitivo, que no podía controlar. Los celos lo atravesaron como una lanza, clavándose profundo, arrancando todo rastro de calma de su pecho.
Y entonces habló, con la voz baja y tensa, casi un gruñido contenido.
—Interrumpo.
El sonido cortó el aire de inmediato.
Ethan soltó la mano de Ariana tan rápido como si se hubiera quemado. Se puso de pie de un salto, acomodándose la corbata.
—S-Señor presidente… —tartamudeó apenas—. ¿Qué hace usted aquí?
Ariana cerró los ojos un segundo, se llevó la mano a la cara y negó con la cabeza, como si deseara desaparecer del planeta. Luego se levantó lentamente, evitando mirar a Leonardo a los ojos.
Leonardo no la miró primero a ella; miró a Ethan.
—Lo estaba buscando. Necesito los documentos, dijo seco, sin rodeos.
Ethan alzó una ceja, sorprendido.
—Señor presidente, esos documentos los dejé esta mañana con