Sus hombros se elevaron, sus manos temblaron apenas y soltó un pequeño jadeo involuntario.
Leonardo la miró, y aunque estaba lleno de furia, algo en esa reacción le arrancó una sonrisa leve, ladeada, entre exasperada y tierna, no lo quiso, pero le salió.
Porque incluso asustada, incluso empapada, incluso peleándole… Ariana lo desarmaba.
Se llevó una mano a la cabeza, entre frustrado y rendido ante lo que le provocaba, y avanzó hacia ella con pasos largos.
—Ariana… maldita sea. Ven acá.
Ella se giró, indignada, sus ojos chispeando irritación, su cabello moviéndose con el viento helado que anunciaba tormenta.
—Antes muerta —escupió— que estar cerca de un loco.
Leonardo sintió el golpe directo a su orgullo, pero apenas alcanzó a procesarlo, porque ella empezó a alejarse más, caminando entre los árboles, mientras la lluvia comenzaba a caer en gotas gruesas, rápidas, frías.
Él apretó los dientes.
—Ariana… —masculló entre dientes— no empieces.
Pero ella sí empezó. Y siguió.
Leonardo dio var