Mientras tanto, en la mansión Ariana bajó las escaleras de la casa presidencial sin prisa, pero tampoco con calma. Era un ritmo firme, seguro, como si cada peldaño marcara una decisión personal.
Llevaba puesto un pantalón blanco impecable que delineaba cada curva con una elegancia provocadora. Arriba, una chaqueta corta en un color que resaltaba su piel un tono vino profundo, sofisticado acompañada por una blusa ligera.
Flor la vio pasar desde la cocina y no dijo nada, solo la observó con esa mezcla de respeto y cariño. Ariana no volteó. Sabía que si lo hacía, perdería el impulso que llevaba.
Cruzó el vestíbulo, abrió la puerta principal y salió al exterior. El aire fresco de la mañana acarició su rostro. El chofer ya estaba junto al auto, abriéndole la puerta trasera.
—¿A dónde, señora? —preguntó con respeto.
Ariana se acomodó un mechón detrás de la oreja y respondió:
—Llévame al centro.
—Sí, señora.
El vehículo arrancó.
Media hora después, el auto se detuvo en una calle concurrida