Leonardo y Ariana mantenían un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Mientras las voces de ministros y diputados llenaban la sala con risas.
Ariana, con la vista fija en su copa, deseaba que la noche terminara de una vez. Podía sentir el calor de la mirada de Leonardo sobre su piel, esa mirada que no era afecto, ni simple molestia… era posesión, y ella lo sabía.
Cuando los últimos invitados comenzaron a despedirse, Leonardo se levantó, le ofreció su brazo, más por protocolo que por cortesía, y ella lo tomó, fingiendo una serenidad que no sentía.
Ambos caminaron entre los flashes de las cámaras, sonriendo como el matrimonio perfecto que la prensa amaba retratar. Pero en el fondo, Ariana lo único que deseaba era desaparecer, que se abriera un enorme hueco en la tierra y se la tragara por completo.
Apenas subieron al auto, el chofer arrancó en silencio, dejando atrás
El trayecto transcurrió en un completo silencio. El sonido del motor era lo único que rompía el silencio. Ariana