Leonardo se inclinó todavía más, hasta quedar a la altura del rostro de William. Su expresión no era de rabia desbordada, sino de una calma peligrosa, de esas que anuncian que lo peor aún no ha comenzado.
De pronto, lo tomó con fuerza de la camisa y lo arrastró varios centímetros por el suelo áspero, ignorando el gemido ahogado que escapó de la garganta del hombre herido.
—Siempre supe que eras un maldito desgraciado —le dijo con voz baja, áspera—. Pero por fin se acabó tu buena suerte.
William intentó aferrarse a algo, a cualquier cosa, pero el movimiento brusco hizo que el dolor le atravesara el cuerpo.
Un grito escapó de sus labios, quebrado, involuntario. Leonardo lo soltó solo para volver a tomarlo, esta vez con más fuerza, obligándolo a incorporarse a medias antes de dejarlo caer de nuevo contra el suelo.
A unos pasos de distancia, uno de los hombres de Leonardo ayudaba a Ethan a sentarse en una silla, presionándole la herida de la pierna mientras otro revisaba rápidamente el