Un poco de su propia medicina

Leonardo se inclinó todavía más, hasta quedar a la altura del rostro de William. Su expresión no era de rabia desbordada, sino de una calma peligrosa, de esas que anuncian que lo peor aún no ha comenzado.

De pronto, lo tomó con fuerza de la camisa y lo arrastró varios centímetros por el suelo áspero, ignorando el gemido ahogado que escapó de la garganta del hombre herido.

—Siempre supe que eras un maldito desgraciado —le dijo con voz baja, áspera—. Pero por fin se acabó tu buena suerte.

Willia
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