William hizo una seña breve con la mano y sus hombres se desplegaron de inmediato, rodeando la casa con precisión militar. No hubo palabras innecesarias; todos sabían qué hacer.
Dos se apostaron en la parte trasera, otros cubrieron los lados y uno más se quedó vigilando el camino por donde habían llegado. La noche era espesa, silenciosa, y apenas rota por el crujir de la grava bajo las botas.
Dentro de la casa, en la biblioteca apenas iluminada por una lámpara, Ethan deslizó los documentos sobre el escritorio con dedos tensos. Leonardo los tomó sin apuro, hojeándolos con una calma que contrastaba con el peligro inminente. .
—¿Estás seguro de que vendrán? —preguntó Ethan en voz baja, aunque la inquietud se le notaba en la rigidez de los hombros.
Leonardo levantó la vista lentamente.
—Lo estoy —respondió con firmeza—. Harry… —hizo una breve pausa— siempre manda a otros a ensuciarse las manos.
Ethan asintió, pero su celular vibró sobre el escritorio, rompiendo el silencio. La pantalla s