Emma sonrió. La enfermera, aún temblando, había bajado la mirada y asintió en silencio. La decisión estaba tomada. Emma deslizó un fajo de billetes por la mesa auxiliar, con la serenidad de quien ya había calculado cada paso.
—Buena chica —murmuró, acomodando su abrigo mientras veía cómo el monitor cardíaco de Pablo descendía lentamente—. No has visto nada.
La enfermera tragó saliva. El sonido del monitor se volvió irregular, el pitido cada vez más largo, más sostenido. Pablo intentó alzar la m