Emma sonrió. La enfermera, aún temblando, había bajado la mirada y asintió en silencio. La decisión estaba tomada. Emma deslizó un fajo de billetes por la mesa auxiliar, con la serenidad de quien ya había calculado cada paso.
—Buena chica —murmuró, acomodando su abrigo mientras veía cómo el monitor cardíaco de Pablo descendía lentamente—. No has visto nada.
La enfermera tragó saliva. El sonido del monitor se volvió irregular, el pitido cada vez más largo, más sostenido. Pablo intentó alzar la mano, pero sus dedos solo se crisparon sobre las sábanas. Emma observó la escena sin pestañear.
—Siempre fuiste un hombre testarudo —dijo con una sonrisa helada—. Pero al fin entendiste.
Un último pitido cortó el aire. El monitor quedó en silencio. Pablo Santillán había muerto.
La enfermera se sobresaltó y retrocedió un paso.
—S-señora… debe salir. Los médicos no tardan en llegar —dijo con voz agitada.
Emma se giró lentamente sobre sus talones, respirando con calma.
—Tienes razón —respondió, con