Pablo retiró la máscara con un esfuerzo que pareció costarle hasta el último aliento. Sus ojos, enrojecidos y llenos de una claridad dolorosa, se fijaron en Emma con una mezcla de reproche. Ella sonrió, una curva fría que no alcanzaba los ojos.
—Siempre creí que eras un hombre inteligente —dijo, la voz baja, medida—. Tal vez… tal vez te quise en su momento. —Hizo una pausa, alargando la palabra como quien prueba su veneno antes de soltarlo—. Pero lo arruinaste todo. Lo arruinaste por completo.
Pablo tosió con fuerza; el sonido le salió entrecortado y áspero. Con la máscara apartada, su respiración parecía un hilo que se estiraba al límite.
—Siempre creí que me amabas —musitó él, con una sonrisa que dolía más que cualquier reproche—. Me reí creyendo en eso, en ese amor que me juraste.
Emma inclinó la cabeza como quien escucha una confesión y responde con su propia sentencia.
—Vaya que si abriste los ojos tarde, querido —dijo con un dejo de desprecio—. Pero ya no voy a permitir que siga