Mientras tanto, en la mansión presidencial Leonardo ajustó el cuello de su camisa mientras esperaba al pie de la escalera.
La casa estaba bañada por la luz dorada del atardecer, y el sonido de los tacones sobre los peldaños de mármol le robó el aire. Ariana descendía lentamente, con la cabeza erguida y el vestido color marfil abrazando su figura con una elegancia que parecía desafiar el tiempo.
Él tragó saliva sin poder evitarlo. Era una visión. Su piel parecía brillar con la luz que se colaba por los ventanales, y su cabello caía en ondas suaves sobre los hombros.
Leonardo no apartó la mirada ni un segundo; era como si, por un instante, todo el ruido del mundo se hubiera detenido solo para admirarla.
—Estás… perfecta —murmuró, apenas moviendo los labios, con la voz grave y controlada.
Ariana bajó la mirada un momento, con un leve rubor en las mejillas.
—Gracias —respondió apenas en un susurro.
Leonardo dio un paso hacia ella y estiró su brazo, ofreciéndoselo. Ariana dudó solo un in