Mientras tanto, en la mansión presidencial Leonardo ajustó el cuello de su camisa mientras esperaba al pie de la escalera.
La casa estaba bañada por la luz dorada del atardecer, y el sonido de los tacones sobre los peldaños de mármol le robó el aire. Ariana descendía lentamente, con la cabeza erguida y el vestido color marfil abrazando su figura con una elegancia que parecía desafiar el tiempo.
Él tragó saliva sin poder evitarlo. Era una visión. Su piel parecía brillar con la luz que se colaba