Ariana avanzó con paso firme, aunque cada músculo de su cuerpo vibraba con una mezcla de nerviosismo y rabia contenida.
Cuando llegó frente a la habitación de Leonardo, respiró profundo antes de tocar la perilla. La puerta estaba entreabierta, lo suficiente para que una rendija dejara escapar el murmullo de voces. No necesitó más que un segundo para reconocerlas, la de Olivia, dulce y calculada, y la de Leonardo, ronca por el cansancio.
Empujó la puerta despacio.
Lo que vio hizo que su pulso se disparara.
Leonardo estaba sentado en la cama, con el torso descubierto, los vendajes blancos sobresaliendo. Olivia, inclinada frente a él, le desabrochaba la camisa con los dedos temblorosamente seguros, como si fuera lo más natural del mundo. El roce de sus manos sobre la piel de él fue suficiente para que Ariana sintiera un calor feroz subirle por la garganta.
Se le tensó la mandíbula. Dio un paso adentro.
—Deja eso —dijo con voz firme, grave, casi un susurro amenazante—. Yo lo hago.
Olivia