Mientras tanto, en la mansión presidencial Emma cerró la puerta de su habitación con un pequeño empujón de cadera, todavía con esa sonrisa torcida que siempre le aparecía cuando algo le salía mejor de lo que había planeado.
Se sentó en el borde de la cama, cruzó las piernas con elegancia y tomó el celular. Al marcar el número, sus dedos temblaron por la emoción, no por nervios.
Harry contestó casi de inmediato.
—¿Hola? —su voz sonó tensa, impaciente—. Dime que ya tienes noticias de Ariana.
Emma sonrió, esa sonrisa dulce y venenosa que muy pocos sabían identificar como lo que realmente era.
—Claro que sí, cariño —respondió—. Y vaya que tengo noticias.
Harry exhaló con frustración.
—Habla de una maldita vez, Emma.
Ella rodó los ojos.
—Paciencia, Harry. Las cosas buenas requieren tiempo… Pero sí, ya sé exactamente dónde está Ariana.
Silencio del otro lado.
Harry apretó la mandíbula. Emma podía imaginarlo perfectamente: sentado en su oficina, con el ceño fruncido, los nudillos blancos por