El reloj marcaba más de cuatro horas desde que Ariana había sido llevada de urgencia a cirugía. En el pasillo Ethan caminaba de un lado a otro con los ojos enrojecidos, incapaz de quedarse quieto. Mónica lo miraba desde la banca, nerviosa, frotándose las manos, sin saber cómo consolarlo. Cada vez que una puerta se abría, los dos levantaban la mirada, esperando que al fin saliera el doctor.
Hasta que ocurrió.
La puerta doble de la sala de cirugía se abrió y el doctor apareció, exhausto, con la bata ligeramente manchada y la mascarilla colgando del cuello. Ethan casi tropezó al avanzar hacia él, deteniendo el aliento.
—Doctor —logró decir con la voz quebrada—. ¿Cómo está… Ariana Santillán?
El médico respiró hondo, se quitó los lentes y los guardó en el bolsillo de la bata antes de responder.
—Gracias a Dios —comenzó— la señora Santillán y el bebé salieron bien.
Ethan sintió que el mundo se detenía. Parpadeó varias veces, incrédulo.
—¿El… bebé? —susurró, con el corazón golpeándole el pec