El aire helado del día golpeó los rostros de ambas cuando Emma, agotada y adolorida, ayudó a Ariana a subir al auto.
Los dedos de Ariana seguían temblando mientras se aferraba al marco de la puerta, haciendo un enorme esfuerzo por no desmayarse.
Sus brazos ardían, y el dolor en su costado producto de los forcejeos y los golpes le hacía difícil incluso respirar.
Emma cerró la puerta del copiloto con suavidad, como si temiera desarmarla con cualquier movimiento brusco, y rodeó el frente del ve