Su respiración se volvió un golpe seco en el pecho mientras avanzaba con pasos largos, casi desesperados, hacia la escena frente a él. No escuchaba las voces de los guardias, ni el murmullo nervioso de los hombres que ya rodeaban la entrada. Solo veía a Ariana.
Solo a Ariana.
Lastimada, temblando.
Con la ropa rasgada, sangre seca en la frente y el rostro pálido.
Martin la bajó con sumo cuidado de sus brazos apenas vio al presidente acercarse a toda prisa.
—Señor presidente —dijo el guardaespaldas, con un tono reverente que a duras penas podía ocultar la urgencia—. Está muy débil.
Pero Leonardo ya estaba ahí. No le importó nada. Atrapó a Ariana entre sus brazos como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela otra vez.
—Mi amor… —murmuró contra su cabello, besándole la sien, las mejillas, el mentón—. Mi vida… mi cielo… estás aquí… estás viva…
Ella cerró los ojos, debilitada, aferrándose a su camisa como si fuera su única ancla.
—Leo… —susurró con un hilo de voz.
Él la estrechó más f