Su respiración se volvió un golpe seco en el pecho mientras avanzaba con pasos largos, casi desesperados, hacia la escena frente a él. No escuchaba las voces de los guardias, ni el murmullo nervioso de los hombres que ya rodeaban la entrada. Solo veía a Ariana.
Solo a Ariana.
Lastimada, temblando.
Con la ropa rasgada, sangre seca en la frente y el rostro pálido.
Martin la bajó con sumo cuidado de sus brazos apenas vio al presidente acercarse a toda prisa.
—Señor presidente —dijo el guardaespal