Leonardo, en cambio, solo ladeó ligeramente el rostro, como si disfrutara de la incomodidad ajena, aunque por dentro llevaba un volcán a punto de estallar.
La velada apenas comenzaba.
Todos empezaron a moverse hacia la sala principal. Los meseros iban y venían con bandejas de copas y aperitivos, los músicos afinaban discretamente un violín; las luces cálidas iluminaban los rincones de la mansión presidencial, dándole ese toque de elegancia que tanto le gustaba a Leonardo a la hora de recibir in