Leonardo, en cambio, solo ladeó ligeramente el rostro, como si disfrutara de la incomodidad ajena, aunque por dentro llevaba un volcán a punto de estallar.
La velada apenas comenzaba.
Todos empezaron a moverse hacia la sala principal. Los meseros iban y venían con bandejas de copas y aperitivos, los músicos afinaban discretamente un violín; las luces cálidas iluminaban los rincones de la mansión presidencial, dándole ese toque de elegancia que tanto le gustaba a Leonardo a la hora de recibir invitados.
Ariana se separó del grupo con elegancia contenida. Caminó hacia una de las barras laterales y pidió una copa de vino blanco.
Su mano tembló apenas cuando la acercó a sus labios. No era el vino. Era Leonardo. Era la ducha. Era el beso que todavía podía sentir como una quemadura debajo de la piel..
Leonardo, en la distancia, hablaba con tres empresarios italianos. Sonreía, asentía, estrechaba manos… pero no apartaba la mirada de Ariana. Ni un segundo.
Conocía esa postura: espalda recta