Martin inclinó apenas la cabeza y salió, dejando atrás el silencio de Leonardo quien terminó de vestirse. Tenía que bajar, tenía invitados que recibir. Y tenía que fingir que no deseaba arrancar de raíz todo lo que lo inquietaba desde hacía horas… o desde hacía días, si se trataba de Ariana.
Ajustó el saco , giró sobre sus talones y se encaminó hacia la escalera que descendía al gran vestíbulo.
En el piso superior, Ariana permaneció unos segundos más frente al espejo del tocador. Su pecho subía y bajaba con una respiración controlada, pero profunda.
Sabía perfectamente lo que hacía al usar ese vestido… y sabía lo que provocaría al bajar las escaleras con él.
El vestido rojo era largo, ceñido, una segunda piel que abrazaba su cintura y realzaba sus curvas con una elegancia inigualable. Sus hombros quedaban al descubierto y la abertura lateral mostraba una insinuación medida de su pierna.
Su cabello caía con ondas suaves, y sus labios estaban pintados del mismo rojo carmesí que parecía