Leonardo no reaccionó de inmediato. Su cerebro todavía estaba atrapado en el denso velo de la resaca mientras intentaba comprender qué era ese peso tibio y suave acomodado sobre su espalda. Sentía respiraciones cortas, demasiado cerca. Y luego… labios.
Unos labios cálidos comenzaron a deslizarse lentamente por la línea de su columna, como si lo estuvieran marcando. Como si cada beso reclamara un pedazo de él. Él frunció el ceño, confundido, mareado. Un escalofrío lo recorrió, no de placer, sino de alarma.
—¿Qué…? —gruñó, moviéndose apenas.
Olivia se incorporó detrás de él, sentándose sobre las rodillas mientras la sábana se deslizó y dejó al descubierto la piel desnuda de sus hombros. Sonrió con suavidad… una suavidad completamente falsa y se inclinó para besarle otra vez la espalda, más abajo esta vez.
Leonardo se tensó.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con la voz ronca, la cabeza pulsando.
Ella soltó una risita suave, como si la pregunta fuera tonta.
—Despertándote, Leo… después de