La puerta de la mansión se cerró tras ellos con un golpe seco. Afuera, el murmullo de los periodistas aún resonaba, filtrándose entre los ventanales.
Ariana se quitó los tacones con brusquedad y caminó unos pasos hacia el centro del salón. El eco de sus pasos contra el mármol llenó el silencio. Leonardo, aún con el abrigo puesto, la observaba con una calma tensa, la mirada clavada en su espalda.
Ella se giró despacio, los ojos ardiendo de rabia contenida.
—No vuelvas a besarme —le dijo con la