En el salón principal del Hotel Imperial resplandecía bajo la luz de cientos de lámparas de cristal. Los acordes de una orquesta llenaban el aire, y las copas de champaña tintineaban entre los invitados: políticos, empresarios, figuras de renombre. Todos esperaban la entrada del presidente.
Cuando Leonardo Moretti apareció en el umbral, el murmullo se transformó en un aplauso unánime. Alto, elegante, con su porte impecable y la seguridad del poder impregnando cada gesto, avanzó con paso medido.