Emma apretó los dientes, el cabello enredado, la bata de seda desacomodada en el hombro. El frío de la mañana le helaba la piel, pero el orgullo le ardía todavía más.
Trató de cerrar la puerta de un portazo, como si eso bastara para detenerlos, pero el hombre de lentes, el mismo que había leído los documentos de embargo, colocó una mano firme, impidiendo que la madera avanzara.
—Señora Emma Santillán —repitió con una calma irritante—. Le di cinco minutos para recoger sus pertenencias. Y esos cinco minutos han pasado.
Ella lo fulminó con los ojos entreabiertos, ojerosa, despeinada, furiosa.
—No pienso salir —gruñó—. Esta casa es mía.
—No, señora —corrigió él sin alterarse—. Esta casa era propiedad del señor Pablo Santillán. Y como puede ver, por sus múltiples deudas, incumplimientos y procesos legales… —alzó los papeles delante de ella— …todo esto pasó a manos del Estado. Incluida la propiedad.
—¡Eso es mentira! —bramó Emma, golpeando la puerta que ya no podía cerrar.
—¡Esto es mío! ¡