Emma apretó los dientes, el cabello enredado, la bata de seda desacomodada en el hombro. El frío de la mañana le helaba la piel, pero el orgullo le ardía todavía más.
Trató de cerrar la puerta de un portazo, como si eso bastara para detenerlos, pero el hombre de lentes, el mismo que había leído los documentos de embargo, colocó una mano firme, impidiendo que la madera avanzara.
—Señora Emma Santillán —repitió con una calma irritante—. Le di cinco minutos para recoger sus pertenencias. Y esos c