Apenas los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas pesadas de la habitación, Leonardo frunció el ceño.
El brillo cálido se filtró directo a su rostro, obligándolo a parpadear hasta que finalmente abrió los ojos con un ligero gesto de incomodidad. La habitación estaba silenciosa, el aire impregnado aún del aroma de la noche anterior… y del recuerdo del beso que todavía le quemaba la boca.
Respiró hondo, dejando escapar un suspiro lento antes de bajar la mirada a su brazo herido. El dolor seguía allí, punzante, pero soportable. Lo que realmente lo inmovilizó no fue la herida… sino lo que vio apoyado sobre su pecho.
Ariana.
Dormida profundamente, con su respiración suave rozándole la piel. Una mano de ella reposaba sobre su abdomen, como si durante la noche hubiese buscado inconscientemente su calor.
Su rostro estaba relajado, vulnerable, y a Leonardo le pareció por un instante que no había visto nada más hermoso en su vida.
Con una lentitud casi reverente, llevó su mano buena