Mientras tanto, en la mansión presidencial, Ariana estaba de pie frente al espejo grande de la habitación, tenía puesto un vestido que se ceñía a su figura con elegancia, sin brillos, sin adornos, sólo la caída perfecta de la tela que abrazaba cada curva. Se veía… demasiado arreglada para una mañana tranquila.
Respiró hondo, cerró los ojos y finalmente reunió valor para moverse.
Tenía que verlo.
Tenía que aclarar algo. O al menos comprobar que ese beso no había sido un maldito delirio de ambos, alimentado por el cansancio, el estrés, la herida y la cercanía peligrosa de la noche anterior.
Se ajustó un mechón rebelde de cabello detrás de la oreja, caminó por el pasillo y se detuvo frente a la puerta de la habitación de Leonardo. Tocó dos veces. Esperó.
Silencio.
Volvió a tocar, esta vez un poco más fuerte.
Nada.
—Perfecto —susurró con frustración.
Giró el picaporte. La habitación estaba impecablemente ordenada, la cama hecha. No había señales de él. Ariana dejó escapar un suspiro y s