Ariana abrió los ojos con dificultad.
Lo primero que sintió fue el dolor. Un dolor sordo, profundo, que le recorría las muñecas y los tobillos. Intentó mover las manos por instinto, pero un tirón áspero le arrancó un gemido ahogado.
Las cuerdas estaban tensas, firmes, crueles. Sus piernas tampoco respondieron; cada intento era un recordatorio brutal de que estaba atrapada.
El aire le faltó por un segundo.
Abrió los ojos de golpe.
La habitación era desconocida. Oscura, apenas iluminada por una lámpara encendida en un rincón. Las paredes eran de un gris frío, sin adornos. No había ventanas a la vista. El silencio era espeso, opresivo.
Entonces lo escuchó.
—Hola, Caperucita.
La voz le heló la sangre.
Ariana giró el rostro con brusquedad, y sus ojos se encontraron con William, recostado contra una mesa, observándola con una sonrisa torcida. Quiso hablar, gritar, preguntar dónde , qué había pasado… pero el sonido nunca salió. Un trozo de tela le cubría la boca, apretado con fuerza.
Willia