En sus garras

Ariana abrió los ojos con dificultad.

Lo primero que sintió fue el dolor. Un dolor sordo, profundo, que le recorría las muñecas y los tobillos. Intentó mover las manos por instinto, pero un tirón áspero le arrancó un gemido ahogado.

Las cuerdas estaban tensas, firmes, crueles. Sus piernas tampoco respondieron; cada intento era un recordatorio brutal de que estaba atrapada.

El aire le faltó por un segundo.

Abrió los ojos de golpe.

La habitación era desconocida. Oscura, apenas iluminada por una
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