Los guardias presidenciales se miraron entre sí cuando vieron descender a más de treinta hombres armados de las camionetas negras.
El sonido de las armas siendo montadas resonó como en todo el lugar. Nadie necesitó dar la orden: uno a uno, los guardias bajaron lentamente sus armas.
Leonardo observó la escena sin pestañear. Con un movimiento controlado, guardó su pistola en la cintura.
Martin, detrás de él, sonrió apenas y dijo con voz firme:
—Muchachos… fue la mejor elección.
Sin esperar respuesta, entró tras Leonardo.
La puerta principal se cerró a sus espaldas con un golpe seco.
Dentro de la mansión presidencial, el ambiente era tenso. Leonardo avanzó por el amplio vestíbulo hasta que vio a Harry hablando con otro hombre cerca del salón principal. El presidente giró el rostro… y se quedó helado.
—¿Qué diablos haces aquí, Moratti? —espetó, con el rostro endurecido.
Leonardo no respondió. Caminó directo hacia él y, sin previo aviso, lo tomó de la camisa con brutalidad. El otro hombr