Flor sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando sus ojos se desviaron, casi por instinto, hacia la puerta principal. No fue imaginación suya. Tres hombres con trajes oscuros, impecables, entraron sin pedir permiso, con pasos seguros, calculados, totalmente serios.
Sus miradas frías recorrieron la sala, se detuvieron un segundo en los niños y luego volvieron a Emma. Flor apretó las manos de Alex y Maximiliano con fuerza.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
Emma avanzó unos pasos y luego se dejó caer con elegancia sobre uno de los sofás, cruzando las piernas con absoluta tranquilidad. Pasó la mano por el brazo del sillón como si estuviera acariciando algo suyo y sonrió con suficiencia.
—Son mis abogados —respondió con desdén—. Y deja de mirar hacia la puerta.
Esos estúpidos que custodiaban la entrada no van a entrar a rescatarte.
Las palabras cayeron pesadas. Flor retrocedió instintivamente, llevándose a los niños con ella. Alex se pegó a