Flor permaneció unos segundos inmóvil, respirando con dificultad, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado tras las palabras de Emma.
El portazo final aún resonaba en sus oídos, mezclado con el eco del llanto de Alex. Entonces, lentamente, se puso de pie. Su cuerpo dolía, su orgullo estaba herido, pero su mirada era firme. No iba a quebrarse frente a los niños.
—Vamos con papito —dijo con voz clara, aunque por dentro le temblara el alma.
Maximiliano no lloraba. Tenía el rostro serio,