Flor permaneció unos segundos inmóvil, respirando con dificultad, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado tras las palabras de Emma.
El portazo final aún resonaba en sus oídos, mezclado con el eco del llanto de Alex. Entonces, lentamente, se puso de pie. Su cuerpo dolía, su orgullo estaba herido, pero su mirada era firme. No iba a quebrarse frente a los niños.
—Vamos con papito —dijo con voz clara, aunque por dentro le temblara el alma.
Maximiliano no lloraba. Tenía el rostro serio, los hombros rígidos, los puños apretados a los costados. Había algo distinto en su expresión, algo que no correspondía a un niño de su edad: una determinación silenciosa, nacida del miedo y de la rabia.
Alex, en cambio, se frotaba los ojitos con torpeza, las mejillas húmedas, el labio inferior temblando mientras intentaba contener el llanto que volvía una y otra vez.
Flor se agachó frente a él de inmediato. Le tomó el rostro con suavidad y limpió sus lágrimas con el dorso de la mano.
—No llore