Leonardo se inclinó junto a la cama, observando a los niños con una mezcla de ternura y furia contenida. Maximiliano estaba sentado, la espalda recta, aferrado a la sábana como si aún necesitara mantenerse alerta; Alex, en cambio, ya luchaba contra el sueño, los párpados pesados tras tantas lágrimas.
Leonardo besó primero la mejilla de Alex.
—Descansa, campeón —susurró—. Papá está aquí.
Luego se volvió hacia Maximiliano y le dio un beso igual de suave.
—Tú también. Necesito que duermas.
Maximil