Leonardo se inclinó junto a la cama, observando a los niños con una mezcla de ternura y furia contenida. Maximiliano estaba sentado, la espalda recta, aferrado a la sábana como si aún necesitara mantenerse alerta; Alex, en cambio, ya luchaba contra el sueño, los párpados pesados tras tantas lágrimas.
Leonardo besó primero la mejilla de Alex.
—Descansa, campeón —susurró—. Papá está aquí.
Luego se volvió hacia Maximiliano y le dio un beso igual de suave.
—Tú también. Necesito que duermas.
Maximiliano alzó la mirada, serio.
—Papá… —dijo en voz baja—. ¿Vas a traer a mi mamita?
Leonardo sostuvo su mirada sin titubear.
—Sí. Te lo prometo.
Alex, medio dormido, murmuró:
—¿Y vamos a volver a casa?
Leonardo sonrió con tristeza, pero su voz fue firme.
—Sí, pequeño. Vamos a volver. Todos juntos.
Los niños asintieron. Leonardo apagó la luz, dejando apenas la lámpara del pasillo encendida, y cerró la puerta con cuidado, como si ese simple gesto pudiera protegerlos del mundo.
Al girarse, el peso de