Alberto caminó hacia ella con una tranquilidad siniestra, limpiándose la comisura de los labios como si fuera él la víctima ofendida. Una sonrisa ladeada, enferma, le deformó el rostro mientras la observaba.
—¿Así que te doy asco? —murmuró, saboreando cada sílaba—. Vaya, vaya… por lo visto quieres que todo el mundo sepa el trato que hiciste con la estúpida enfermera, ¿no?
El tono de burla resonó en el pequeño camerino como un murmullo. La mirada de Emma se abrió como plato, pero un destello de desconcierto cruzó sus ojos. No esperaba que él mencionara eso. No él.
Alberto lo notó enseguida. Se rió. Una risa seca, vibrante y venenosa.
—Oh… —dijo, inclinando un poco la cabeza—. ¿Te asombra que lo sepa?
La risa se convirtió en carcajada.
—Jajaja… Emma, Emma… sé muy bien que mataste al idiota de Pablo Santillán.
Su voz descendió a un susurro más grande.
—Y por lo visto sí que te sorprende.
Emma sintió un frío punzante recorrerle la columna. fue de miedo… fue furia.
—Es mentira —escupió e