La mano de Emma se cerró con más fuerza alrededor de las pinzas metálicas, los nudillos tensándose hasta ponerse blancos. En su mirada había algo feroz, casi salvaje. Un límite roto. Una mujer acorralada que ya no huía. Una mujer que atacaba.
Alberto apenas tuvo tiempo de abrir la boca para soltar otra de sus malditas frases cargadas de superioridad cuando Emma se lanzó hacia él sin un gramo de duda. Su brazo se movió con una precisión instintiva, certera, casi animal.
Y las pinzas se hundieron con violencia en la parte baja de su espalda.
El sonido fue húmedo, crudo.
El grito que salió de la garganta de Alberto fue sofocado, como si el dolor lo hubiera sorprendido desde adentro, cortándole el aire.
Se arqueó, su cuerpo convulsionó un instante, y los ojos se le abrieron como dos huecos negros de shock y furia.
—¡Hija de…! —no terminó la frase.
Se giró bruscamente, movido por la rabia más pura, y sin importar el ardor que le quemaba la espalda, se abalanzó sobre ella. Su mano se estr