La mano de Emma se cerró con más fuerza alrededor de las pinzas metálicas, los nudillos tensándose hasta ponerse blancos. En su mirada había algo feroz, casi salvaje. Un límite roto. Una mujer acorralada que ya no huía. Una mujer que atacaba.
Alberto apenas tuvo tiempo de abrir la boca para soltar otra de sus malditas frases cargadas de superioridad cuando Emma se lanzó hacia él sin un gramo de duda. Su brazo se movió con una precisión instintiva, certera, casi animal.
Y las pinzas se hundieron