El silencio de la habitación del hotel se volvió asfixiante. Alberto respiraba rápido, con los ojos inyectados de furia.
Su mano temblaba alrededor del teléfono, y por un segundo pareció que iba a estrellarlo contra su propia frente. Pero su ira no conocía dirección ni control.
Con un grito ahogado, arrojó el celular hacia la pared.
El dispositivo chocó con un golpe seco y cayó al suelo, la carcasa partida, la pantalla hecha añicos. El sonido apenas se escuchó entre los latidos impulsivos de s