El silencio de la habitación del hotel se volvió asfixiante. Alberto respiraba rápido, con los ojos inyectados de furia.
Su mano temblaba alrededor del teléfono, y por un segundo pareció que iba a estrellarlo contra su propia frente. Pero su ira no conocía dirección ni control.
Con un grito ahogado, arrojó el celular hacia la pared.
El dispositivo chocó con un golpe seco y cayó al suelo, la carcasa partida, la pantalla hecha añicos. El sonido apenas se escuchó entre los latidos impulsivos de su cabeza.
—Maldita… —escupió.
De inmediato tomó su chaqueta, colgándosela con movimientos bruscos, casi torpes, como si el cuerpo le pesara demasiado por la mezcla de alcohol, rabia y humillación. Agarró las llaves del auto, abrió la puerta de golpe y salió del hotel sin mirar atrás.
Maldiciendo, una y otra vez, el nombre de Emma.
Respirando como un animal herido y rabioso.
Bajó en el ascensor impaciente, golpeando el botón del primer piso varias veces como si eso fuera a acelerar la máquina. Cu